El Yo y el Biná Núcleo del Sufrimiento

30.01.2026

Autor: Juan Pablo Moltó Ripoll.

Lic. en Medicina Tradicional China. Diplomado en Psicología Cabalística

El concepto del yo ocupa un lugar central en la comprensión del sufrimiento humano y de los límites de la experiencia de la conciencia. Lejos de ser una entidad ontológica real, el yo puede entenderse como una construcción funcional que emerge en Biná, la sefirah del entendimiento, la forma y la delimitación. Biná no crea la realidad, sino que le da estructura; toma el impulso primordial de Jojmá —la intuición, la chispa inicial, la pregunta sin forma— y lo organiza, lo esquematiza y lo proyecta en el resto del Árbol de la Vida. En este proceso nace el yo: una narrativa coherente que permite dar continuidad, identidad y sentido a la experiencia.

El yo cumple, por tanto, una función adaptativa indispensable. Gracias a él es posible orientarse en el mundo, construir una memoria autobiográfica, establecer relaciones y operar dentro del plano fenoménico. Sin embargo, el problema surge cuando esta construcción funcional es confundida con una realidad sustancial. El yo no es lo que somos, sino un instrumento cognitivo que organiza la experiencia. Cuando se absolutiza, cuando se vive como una entidad real, autónoma y permanente, se convierte en la raíz de una profunda distorsión de la conciencia.

Es precisamente en Biná donde puede localizarse uno de los grandes núcleos del sufrimiento humano. Al solidificar la experiencia, al nombrarla y apropiársela, el yo genera identificación, apego y miedo a la pérdida. El sufrimiento no proviene del dolor en sí, sino de la apropiación del dolor por el yo: no es simplemente que haya dolor, sino que "yo sufro". Este gesto de apropiación es un acto de contracción de la conciencia, un cierre que convierte el flujo de la experiencia en algo rígido y personal.

Esta intuición no es nueva. El budismo, al formular el concepto de anatman —la ausencia de un yo sustancial—, no niega la existencia funcional del yo, sino su realidad ontológica. No hay un centro fijo detrás de la experiencia, no hay un "alguien" separado que la posea; hay procesos, fenómenos interdependientes, flujos cambiantes. De forma sorprendente, la neurociencia contemporánea converge con esta visión: tras décadas de investigación, no ha logrado localizar en el cerebro un núcleo donde resida el yo. La experiencia de identidad emerge de redes distribuidas y dinámicas, pero no puede situarse en ningún punto específico. El yo se experimenta, pero no se encuentra.

Esta constatación conduce a una hipótesis profundamente inquietante y liberadora: el yo, tal como lo sentimos, no existe como entidad real. Y sin embargo, su influencia es enorme. No solo genera sufrimiento, sino que actúa como un freno para el acceso a niveles más elevados de la existencia. Mientras la conciencia permanece atrapada en Biná, en la necesidad de definir, separar, nombrar y controlar, queda imposibilitada para abrirse a Kéter, la sefirah de lo ilimitado, donde no hay forma, identidad ni relato. Kéter no puede ser pensado; solo puede ser intuido y vivido de manera directa.

El yo necesita límites para operar. Kéter, en cambio, es ausencia de límites. Por eso el yo es, al mismo tiempo, necesario para habitar el mundo y un obstáculo para trascenderlo. El error no reside en la existencia del yo, sino en la identificación con él. No se trata de destruir el yo —algo imposible y potencialmente patológico—, sino de desactivar la creencia de que somos ese yo.

Cuando el yo se vuelve transparente, Biná se suaviza y deja de imponer su rigidez. La conciencia puede entonces volver a escuchar a Jojmá y, desde ahí, abrirse a la experiencia directa de Kéter. No es la aniquilación del yo lo que libera, sino su relativización. Comprender que el yo es una ilusión funcional —necesaria, pero ilusoria— puede ser uno de los actos más radicales y sanadores del ser humano, pues permite que la conciencia deje de estar atrapada en su propia construcción y se reencuentre con lo más elevado del Árbol de la Vida.