El Error de la Psicología

Existe una diferencia radical —y a menudo ignorada— entre el modo en que las tradiciones místicas judía y oriental han accedido al conocimiento de la mente y del yo, y el modo en que lo ha hecho la psicología contemporánea. Las primeras han llegado a este conocimiento desde la experiencia directa, a través de prácticas de observación interior, contemplación y disolución progresiva de la identidad. A partir de esa experiencia se elaboraron modelos simbólicos y conceptuales —como el Árbol de la Vida o la doctrina del no-yo— que no pretendían explicar la mente desde fuera, sino describir lo que ocurre cuando la identidad se observa a sí misma hasta desvelar su carácter ilusorio.
La psicología contemporánea, en cambio, se ha desarrollado fundamentalmente desde la experimentación externa, la medición, la observación conductual y, más recientemente, la correlación neurobiológica. Este enfoque ha sido extraordinariamente útil para describir patrones, síntomas y mecanismos, pero presenta una limitación estructural: estudia el yo como si fuese una entidad real, sin cuestionar radicalmente su estatuto ontológico. Incluso cuando habla del yo como construcción, lo hace dentro de un marco que sigue presuponiendo su existencia funcional como centro de la experiencia.
Aquí emerge el punto crítico. Las tradiciones místicas no solo describen el yo como una construcción, sino que permiten experimentarlo como una ficción. Y esta diferencia no es menor. Experimentar al intérprete como una ficción implica un giro radical de la conciencia: no se trata de comprender intelectualmente que el yo es una construcción, sino de vivir directamente la ausencia de un centro identitario fijo. Este tipo de experiencia transforma por completo la relación con los pensamientos, las emociones y la identidad personal.
La mayoría de las personas que estudian, practican y enseñan psicología no han tenido —ni están formadas para tener— este tipo de experiencia. Por ello, aunque puedan aceptar teóricamente que el yo es una construcción, siguen operando desde la identificación con el yo. El intérprete continúa siendo el punto de referencia implícito. Se analiza el yo, se modula el yo, se fortalece o flexibiliza el yo, pero rara vez se cuestiona de manera radical su existencia como sujeto último.
Esto tiene consecuencias teóricas profundas. Si el yo es una ficción —no solo conceptual, sino experiencial—, entonces buena parte de los modelos psicológicos actuales quedan en una posición comprometida. No necesariamente porque sean falsos, sino porque se apoyan en un supuesto no examinado: que existe un yo que piensa, siente y decide. Si ese supuesto se tambalea, todo el edificio teórico debe ser revisado.
Desde esta perspectiva, no resulta extraño que la psicología contemporánea mantenga una relación ambigua, cuando no abiertamente defensiva, con las ciencias del misticismo. No se trata de un rechazo arbitrario, sino de una incompatibilidad epistemológica profunda. Integrar seriamente el conocimiento místico implicaría aceptar que la experiencia directa puede invalidar modelos teóricos completos, o al menos ponerlos en entredicho. Y esto supone una amenaza para disciplinas que se han construido precisamente sobre la estabilidad de sus marcos conceptuales.
El problema no es que la psicología esté equivocada, sino que opera en un nivel distinto de la experiencia. Mientras el misticismo investiga qué ocurre cuando el yo se disuelve, la psicología investiga cómo funciona el yo mientras se mantiene activo. Ambos enfoques son válidos, pero no equivalentes. El conflicto aparece cuando el segundo ignora o desestima al primero, especialmente cuando el primero revela que el objeto de estudio del segundo —el yo— podría no ser lo que parece.
La propuesta que se expone no busca desacreditar la psicología contemporánea, sino señalar su límite estructural y abrir un espacio de diálogo que hasta ahora ha sido evitado. Comprender que el yo es una ficción funcional, y no una entidad real, no destruye la psicología, pero sí la obliga a transformarse. La obliga a repensar sus fundamentos, a revisar sus supuestos y a reconocer que existen niveles de la experiencia humana a los que solo se accede cuando el intérprete deja de ocupar el centro.
En este sentido, la integración entre misticismo y psicología no es un lujo ni una excentricidad, sino una necesidad teórica pendiente. Mientras esta integración no se produzca, la psicología seguirá describiendo con gran precisión los mecanismos del yo, pero permanecerá ciega ante una posibilidad radical: que el mayor sufrimiento humano no provenga de un yo dañado, sino de creer que el yo es real.
